jueves, 8 de septiembre de 2016

LOS RESTOS DE COLÓN


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En mohina soledad, casi inadvertidamente, murió en Valladolid el 20 de mayo de 1506 el descubridor de América, pero sus restos, tal como él lo pidió antes de morir, fueron trasladados  y llegaron, 9 de septiembre de 1544, a la proto-renacentista Catedral de Santo Domingo, donde reposan confundidos con la tierra tropical que por primera vez pisó en aras de la odisea que más recuerda la historia.
            Cristóbal Colón falleció cuatro años después de su último y cuarto viaje que hiciera en compañía de su hijo Fernando, de doce años, comandando cuatro navíos y 150 hombres.  Fue irremisiblemente el viaje más duro y borrascoso de su vida  de descubridor y navegante. Comprobó en carne propia que la jornada final casi siempre es ingrata y desoladora.  Llegó hasta el Istmo de Panamá en un último intento por hallar la ruta marina de las Especies, pero nada más que desesperanza y fiasco fue lo que vislumbró en todo el horizonte.
            A España regresó de su último viaje con el alma en el suelo.  Había quedado aislado en Jamaica durante un año y con posibilidades remotas de salir de allí porque sus bajeles habían todos naufragados.  Los indígenas lo atacaban y lo habrían hecho morir de hambre si a él no se le ocurre el ya conocido truco del eclipse, con el que hizo caer en sumisión a los nativos más hostiles.
            Pudo salir de Jamaica, ya de vuelta a España, gracias a la riesgosa travesía que hicieran en dos canoas sus amigos Diego Méndez y Bartolomé Fiesco  para informar a las autoridades allí de su estado doloroso, estado que se prolongó después de su rescate, ante la reticencia de la Corte por reconocerle sus derechos.  Había abierto un camino tan grande y ambicioso que se tragó en vida la propia gloria de este extraordinario náutico de cuyo verdadero origen e identidad aún duda y especula la historia

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