domingo, 18 de septiembre de 2016

REVERÓN EL PINTOR DE LA LUZ

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            Eran las 6:45 de la tarde del 18 de septiembre de 1954 cuando Armando Reverón, el pintor de la luz, sintió desprenderse de su cuerpo el último rayo de vida.  La sangre que le daba aliento, rebasó la capacidad de las arterias y se desbordó como un río en el cerebro devastando las células creadoras del genio.  Porque Reverón era un genio que hizo lo que parecía imposible para el talento creador: plasmar la luz en un lienzo con propios y originales recursos.
            Atrás quedaron su choza de piedra con vista al mar azul de Salmerón Acosta, sus modelos inconfundibles de trapo, su mono saltarín, su coleto y sus pinceles, en fin, su Juanita de manos doradas aparecida como  lucero entre las sombras carnavalescas de una noche guaireña y, lo más preciado, su obra plástica de inconfundibles rasgos y luminosidad.
            Armando Reverón nació en Caracas y murió en esa ciudad capital.  Era hijo de Dolores travieso y Julio Reverón.  Hombre alto, impresionante, casi siempre semidesnudo y con luengas barbas de apóstol.  Tuvo dos grandes obsesiones en su vida: la luz del trópico que plasmó con maravillosas tonalidades en sus cuadros y Juanita, Juanita Ríos, su modelo y compañera inseparable, con quien convivió durante 34 años y de quien no tuvo hijo porque, como dijo la propia Juanita, era un hombre casto y “hasta más puro que José Gregorio Hernández”.


  Además de la pintura que era centro y pasión de su existencia, Reverón leyó y releyó dos únicos libros: las Sagradas Escrituras y Don Quijote de la Mancha.  Sus pinturas premiadas internacionalmente adquirieron valor extraordinario después de muerto y han sido expuestas en prestigiosas galerías de Paris, Nueva York, Madrid, Caracas, Bogotá, Barcelona y Santiago de Chile.

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