miércoles, 4 de junio de 2014

ASESINATO DE SUCRE

4 de junio de 1830. Después de la campaña de Tarqui, de donde regresó victorioso, el Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, viajó a Bogotá como representante de los pueblos del Sur en el “Congreso Admirable”.
De regreso a Quito, profundamente decepcionado por el fracaso de la Gran Colombia y por la intriga y la ambición políticas que pretendieron inútilmente opacar su gloria y la de Bolívar, escribe a su hermano Jerónimo en Cumaná y le expresa su deseo de apartarse para siempre del teatro de las cosas públicas. Expresión premonitoria, pues su enemigo José María Obando le preparaba una emboscada.
Atravesaba la selva en dirección a Quito, donde lo aguardaba la Marquesa de Solano y la niña Teresa, su hija.  Iba acompañado de una corta comitiva,  4 de junio de 1830.  Había pernotado en un lugar denominado “Venta Quemada” y cuenta la historia que de allí salió a menos de las ocho de la mañana de ese día y se internó tomando la senda de Berruecos.
Debido a lo estrecho del sendero, las bestias trotaban una tras otras. De repente se oyó una voz bronca y tenebrosa: ¡General Sucre!  La cabalgadura sintió el freno repentino y al General al volver el rostro acusó el impacto de tres proyectiles, uno en el corazón y dos en la cabeza, disparados por los esbirros de José María Obando, que con los rostros cubiertos de musgos se camuflaron en la intrincada selva para perpetrar el más horrendo de los crímenes políticos. El héroe de Ayacucho apenas pudo exclamar: ¡Ay, balazo!
Al día siguiente, sus ayudantes y dos viajeros levantaron el cadáver y le dieron sepultura en un campo cercano. Fue exhumado después por el propio Obando en nombre de la justicia. El Libertador se hallaba en Cartagena y al saber el infausto suceso, exclamó: “¡Dios Santo, han matado a Abel!”.
Los asesinos de Sucre murieron, unos condenados por la Corte Marcial de Bogotá, otros envenenados y José María Obando, autor intelectual del crimen, murió atravesado por una lanza en uno de los combates de la Colombia levantisca de entonces. Los restos de Sucre finalmente fueron trasladados y depositados en Quito en la Cripta Gran Mariscal de Ayacucho, mandada a construir por el Gobierno de ese país.

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