miércoles, 23 de julio de 2014

EL SUBMARINO


La inquietud del hombre por navegar el fondo del mar tal como lo hace sobre  las olas, es muy remota; pero sólo toma cuerpo con el holandés Cornelio Van Drebbel, quien en 1620, modificó un barco de madera al que adaptó una cubierta de cuero y con él navegó sumergido en el río Támesis, Londres, a poco más de cuatro metros de profundidad.
 Esta célula submarina, podríamos decir, fue creciendo a través de la fogosidad científica de David Bushnell y  Roberto Fulton, hasta el 23 de julio de 1859 en que el inventor español Narciso Monturiol marca, dentro los precursores de esa invención, el hito más importante de la navegación submarina al construir “El Ictíneo”, con el que hizo 20 pruebas de sumersión y navegación en Barcelona y Alicante.  En una de esas pruebas, se sumergió en el litoral de Barcelona, con 10 hombres a bordo, y evolucionó sumergido durante cinco horas seguidas. El aire respirable lo obtenía por medios químicos y con oxigeno comprimido.
La idea del submarino le vino a Monturiol de las dificultades que se les presentaban a los genoveses en la pesca del coral. Planteó ésta a sus amigos, quienes le facilitaron 100.000 pesetas. Más tarde, el general O´ Donell, entreviendo la importancia del submarino como instrumento de guerra, autorizó a Monturiol para construir uno de 1200 toneladas, lo que no se llevó a efecto, por falta de recursos.
En 1864, gracias a los fondos obtenidos mediante una suscripción nacional, Monturiol construyó un nuevo “Ictíneo o barco pez” que navegó satisfactoriamente y despertó la atención de los hombres de ciencias europeos.


Narciso Monturiol era nativo de España y murió a los 66 años de edad. Antes que inventor era abogado, carrera que abandonó por falta de inclinación. Dejó importantes obras escritas, entre las cuales descuellan: Ensayo del arte de navegar por debajo del agua, Estudios de historia natural, Del mecanismo terrestre y Estudio de las corrientes marítimas.   

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